martes, 10 de agosto de 2010

¿Sueño?

Anoche llegué a la cama hecho una verdadera piltrafa humana. El día laboral cada vez se me hace más largo, y en contrapartida las horas me rinden cada vez menos.
Tan cansado estaba que ni siquiera atiné a abrir ese libro de turno que elegí para distender mi mente y poder dormir. La pasada noche, Matar un Ruiseñor de Harper Lee quedo en la ostracismo de mi mesa de luz.
No llegué siquiera a repasar mentalmente lo sucedido en el día. No, anoche Morfeo se apoderó de mi con la misma facilidad que una tela de araña atrapa una pequeña mosca de la fruta.
Pero algo pasó en algún momento que no se precisar. En algún punto de la noche algo llamó tanto mi atención como para hacerme despertar de súbito.
Y desperté. Desperté con esa sensación de ahogo y angustia que hacía mucho tiempo no sentía. Desperté con miedo en aquel lugar extraño que a todas luces era un bar. Un viejo bar, de esos de barrio de ciudad grande, que ya casi no existen. Un bar, con su típica barra atiborrada de cosas, sus despintadas mesas y sillas de chapa y hasta con un billar fuera de nivel y con el paño carcomido por los años de servicio.
Uno de esos tugurios donde uno puede ordenar con la misma facilidad, desde un vasito de caña Legui al paso, hasta una milanesa a caballo. Uno de esos lugares donde sin importar a la hora que uno vaya siempre encontrará unos cuantos parroquianos con un pingüino de tinto de damajuana y un mazo de cartas españolas.
Ahí me desperté yo, entre las paredes de pintura desconchada y humo de tabaco negro de ese viejo bar de barrio
¿Miedo? Que se yo, no creo que fuera miedo lo que sentí en ese momento.
¿Recelo? Eso puede estar más cerca de describirlo.
¿Curiosidad? Definitivamente sentí curiosidad. Curiosidad por saber donde me encontraba y como había llegado allí. Curiosidad por saber si realmente estaba despierto, o si me encontraba en un sueño. Pero sobretodo curiosidad por saber quienes eran todas esas personas que se giraron para verme cuando llegué y que al cabo de dos segundos ya estaban nuevamente en sus menesteres. Como si el hecho de que yo apareciera allí espontáneamente fuera algo de todos los días.
¿Quienes eran todas esas personas que en la semi oscuridad el lugar me resultaban familiares pero sin poder identificarlas del todo?
Y en esas cavilaciones me encontraba cuando el empleado de la barra me señala con un gesto de su cabeza algo que ocurría al fondo del local mientras que él seguía limpiando una y otra vez el mismo pedacito de barra con aquel trapo mugriento.
Cuando miré donde para donde aquel tipo señalaba, vi que desde la oscuridad del fondo del local un brazo se agitaba invitándome a ir hacia allí. El resto del dueño de aquel brazo estaba en las sombras, como si el único punto de luz de los alrededores se hubiera concentrado sólo en aquel brazo.
Sin saber porque me vi dirigiéndome hacía el lugar desde donde me llamaban. Sin embargo ni bien comencé a caminar me entretuve mirando a dos tipos que discutían casi en silencio en las primeras banquetas de la barra. Dos tipos que perecían sacados de contexto, y porque no, sacados de su lugar en el tiempo. Tan anacrónicos resultaban a la vista, que aparecían ante mí con en blanco y negro, como si hubiesen sido arrancados de una vieja foto. Quienes eran no lo se con seguridad, pero me lo imagino. El más viejito de los dos estaba acodado en la barra fumando una gran pipa mientras que con su mano acariciaba su blanca barba. El otro, viejo también, hablaba gesticulando en demasía haciendo que su espesa barba, y sus revueltos y blancos cabellos se sacudieran. No estoy muy seguro de quienes eran, o de que estaban hablando. Como les conté, perecían estar discutiendo. Pero casi en silencio y sin escucharse. Al pasar algo escuche, algo que le decía el viejito pelado de la pipa al otro y que era algo así como que la culpa de todo la tenían las madres y las mujeres que envidiaban el miembro de los hombres. A lo que el otro respondía que “no señor, la culpa de todo la tienen los dueños de fabricas y los terratenientes que no comparten sus riquezas con el asalariado”.
No los quise interrumpir en su poco acalorada discusión y continué mi camino un poco más perplejo que antes.
El brazo del fondo seguía invitándome sin signos de cansarse, así que sin más continué mi marcha tratando de no entretenerme. Cosa que me resultó harto difícil ya que a dos banquetas de los dos viejitos me topé con otro bicho raro, tan viejo como los dos que dejara atrás y que por su forma de hablar debía ser inglés, o británico y que le explicaba, a nadie en particular, que lamentaba tener que seguir viaje a la isla de las tortugas gigantes allá por el otro lado de los Andes y no poder quedarse más tiempo allí. Porque aquí en Buenos Aires, explicaba, se había sentido impresionado notablemente por un estanciero llamado Don Juan Manuel de Rosas. Deduje por lo poco que recordaba de las clases de historia, que ese viejito debía de ser Darwin, o algún delirante que se creía él. Pero supongo que nunca lo sabré con certeza.
Continué mi marcha por aquel pasillo y a mis oídos llegaban toda clase de frases sueltas y sin sentido.
- “…se lo digo yo estimado que de esto sé bastante, que el universo es relativo aunque ellos no lo quieran entender…”; “…nada que ver pichón, el gol de Cárdenas con el que Racing ganó el primer mundial de clubes es mucho más memorable que el del Diego a los ingleses…”; “…Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera…”; “… And the Oscar for the best actor goes to…”; “… la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena…”
Tratando de que mi cabeza no entrara en el juego de adivinar de quien provenía cada frase seguí caminando. Poco a poco me fui acercando al oscuro salón del fondo. El olor a los Particulares y a 43-70 se acentuaba a cada paso. Y yo que soy de fumar rubios empecé a carraspear con mi garganta irritada.
De repente, con la misma velocidad irreal con que todo iba sucediendo, llegué a la mesa desde donde me invitaban. Y ahí fue cuando casi me caigo de culo. Frente a mi, y sonriéndome por haber entendido su convite, se alzaba el mismísimo General don José de San Martín.
Justo en ese instante comprendí definitivamente que se trataba de un sueño. ¡Pero que sueño papá! Nada menos que el padre de la patria y libertador de medio continente que se levantaba de su silla y me sonreía. Y tras su sonrisa, vino el apretón de manos, y tras el apretón de mano vino la luz. De golpe empecé a ver todo con más claridad. Como si de súbito las luces del lugar se hubieran encendido. O como si de repente todas las cortinas del salón hubieran caído y el radiante sol del exterior penetrara hasta lo más recóndito de ese tugurio.

- ¡Bienvenido forastero! - saludo el general - un placer tenerlo con nosotros para compartir esta tertulia. Aunque el resto de la gente todavía no se haya apersonado no han tardar. Es medio temprano todavía ¿vio?! Tome asiento amigo, tome asiento - y ante mi completo mutismo continuó - El Tato debe de estar por llegar, venía en el auto con el negro Fontanarrosa, Boggie e Inodoro. Pasa que se cagan tanto de risa en el auto que dos por tres tienen que frenar para no chocar. Don Atahualpa ya llegó, pero anda por ahí, payando y zapando un poco con Papo y tomando unas ginebritas. Mi amigo Martín de Güemes avisó que hoy no podía venir porque tenía cena con los suegros - y seguía enumerando gente mientras me acompañaba a la mesa donde la picada ya estaba servida - Juan Domingo y don Raúl están afuera haciendo el asadito y hablando de política, pasa que el tema a mi me harto aburre y por eso decidí quedarme a esperarlo a usted. Y del resto de la gente no podría decirle mucho más porque los que nombre son los que confirmaron para venir a comerse una faldita a la parrilla. Y si a usted le gusta también puede ir a hacerle unos tiritos al bochín. Si no recuerdo mal los vi en la cancha jugando al manco Paz, en pareja con Porcel contra esa dupla implacable que formaron Minguito y Monzón. Son imparables esos dos, nadie los pudo derrotar todavía. - siguió divagando el General
- Pero…pero esto es un sueño ¿no? - pregunté por las dudas.
- La verdad no lo sé - me soltó sin más - ¿es un sueño? ¿es real?. Ninguno de los habitues de este lugar te lo podría decir con precisión.
- Pero ustedes están todos muertos. Esto tiene que ser un sueño, a menos que yo también haya palmado mientras dormía. Pero aún así es ilógico, que tendría que hacer un perejil como yo entre tantos grandes -
- Todos muertos no - me explicó - Juan José, el hijo del dueño esta tan vivo como vos. Lo conociste cuando entraste, es el que estaba limpiando la barra. Buen pibe, medio callado pero buen chico. Y obviamente también está el dueño, que tampoco está muerto. Ellos dos son los que nos permiten juntarnos acá todos los viernes -
- ¿Entonces ustedes así muertos como están pueden vivir en el mundo de los vivos? -
- No estoy muy seguro que este sea el mundo de los vivos tampoco - reflexionó Don José - De hecho me parece que es un lugar a mitad de camino entre ambos mundos che. Es como aquellas postas del camino donde los viajeros paraban a juntar fuerzas. Nosotros todos los viernes tenemos permiso de salir para venir acá. Pasa que allá no hay placeres me entendés. Mejor dicho, no hay vicios. No hay billar, no hay alcohol, no hay cartas, no hay juegos de ningún tipo. Ni tabaco tenemos. Y bueno, uno que tuvo sus vicios en vida cada tanto quiere despuntarlos de muerto ¿entendés?
- Si, creo si. Lo que no entiendo es que estoy haciendo yo acá. ¿Para que me invitaron? -
- ¿Qué te invitaron? No creo che, acá se viene sin invitación. Es sólo cuestión de entrar nomás - me respondió - Pasa que no siempre es fácil encontrar la dirección. Habrá sido una casualidad, o tal vez alguien te cito acá y no lo recordás.
- Pero usted me estaba esperando. ¿O no? - le respondí - sino porque me hizo señas que viniera desde que entré al bar.
- Si señor, yo le hice señas pa’ convidarlo. Pero no porque lo esperara. Simplemente que estoy aburrido y me gusta conversar con gente que no conozco -
- ¿Entonces es factible que alguien más me este esperando? - pregunté
- Puede que si. Como puede que no - fue su ambigua respuesta.
- ¿Y como puedo averiguarlo? - pregunté.
- No lo se - fue su respuesta mientras abría una Quilmes - lo único que se me ocurre es que esperes un rato y veas si realmente alguien te invitó o si es puro azar el que estés aquí. Eso si, en cuanto salga el sol tasa tasa cada uno a su casa. Es la única regla que el bar impone, tanto para nosotros como para vos -

Y allí nos quedamos los dos. Tomando cerveza y charlando de la vida. De cómo veía él al país que ayudo a forjar y como lo veía yo que en cierta forma lo había heredado. Hablamos de su familia y de la mía. Charlamos sobre la Europa que él conoció y la que yo nunca tuve la suerte de conocer. Y entre charlas y charlas el tiempo fue transcurriendo agradablemente. Fuimos convidados con ese asadito que desde el fondo invitaba con el aroma. Comimos hasta saciarnos y bebimos aún después de satisfechos. Hasta nos dimos el gusto de despachar a dos que aparecieron con un mazo de cartas para un truquito. Pero el motivo por el cual yo estaba allí nunca se reveló. Por lo menos hasta dos segundos antes de tener que partir.
Fue entonces cuando el General me informó que la velada tocaba su fin. Sin prisa se levantó de su asiento y mientras uno a uno los parroquianos se iban retirando me dijo:
- Fue un verdadero gusto haberlo conocido señor. Una pena que ninguno de los cuatro hayan podido llegar para visitarlo, ellos me contaron que tenían muchas ganas de verlo -
Y ante mi cara de asombro continuó
- Porque supongo que los que lo citaron deben ser sus abuelos ¿o no? - me contesto como si fuera una obviedad lo que decía - Se les nota cuando hablan de su familia. Cuando dicen que a todos ustedes, los que todavía están peleándola allá en la tierra de los vivos, los quieren mucho y que algún día se volverán a juntar y volverán a ser una familia quilombera en la mesa del domingo.
- Mesa quilombera seguimos siendo, sólo que con distintos integrantes, se fueron los abuelos y entraron los bisnietos. ¿Pero entonces usted conoce a mis abuelos? ¿A los cuatro? -
- Si que los conozco. Mirá, puede parecer que somos muchos allá arriba, pero como hace tanto que estamos ahí tarde o temprano todos terminamos conociendo a todos. Si, si los conozco. Simpáticas personas. El grandote, el que creo que es vasco vive hablando y explicando el funcionamiento de todo. Tipo muy inteligente che, cada tanto me da clases de ajedrez. En cambio el otro, el Siciliano es más contenido pareciera. Ahora, ¡como baila cuando arranca la música! Pero buena gente che, muy buena gente.
- ¿Y a mis abuelas también las conoció?-
- ¡Seguro!, la más peticita, doña Nelly creo que es, me cocinó algunos platos españoles que estaban para chuparse los dedos. Y con la otra, con la Kety, nos sentamos varias veces a hablar de la Irlanda de sus padres y de su Junín natal.
- Entonces… ¿ellos están bien? - pregunté ya con ganas de largarme a llorar - ¿siguen juntos en el más allá?
- ¡Oh si! ¡Claro que si! De hecho a todas las personas que conoces en vida las volvés a encontrar en el “cielo” - me explicaba mientras hacia con los dedos el típico gesto de las comillas - Yo de hecho vivo con Remedios y con Merceditas. Y me sigo juntando constantemente a charlar con los grandes prohombres de América como mis grandes amigos Belgrano y Moreno -
- O sea que en algún momento yo los voy a volver a ver a ellos -
- Si mi hijo, seguro. Pero para eso falta mucho tiempo, todavía te queda mucha vida en la mochila - me explicó - Así que tiempo al tiempo señor, los vas a volver a ver algún día pero no pronto. Y mucho menos esta noche que ya se está acabando y todos nos tenemos que ir.
Y mientras el General decía esto la música y bajando de volumen y la luz se iba haciendo cada vez más diáfana. La gente poco a poco se dirigía a la salida e iba desapareciendo. Don José también se puso en pie y me extendió la mano.
- Un gusto señor, un verdadero placer haber podido conversar con usted -
- Igual…igualmente - alcancé a responder medio atontado -
Y cuando él ya estaba por dirigirse a la entrada le pregunté
-¿Usted les podría mandar saludos míos General? Pasa que los extraño realmente mucho a los cuatro.
- No hace falta pichón. Digo, no hace falta que yo les diga eso. Ellos te escuchan cada vez que les hablas, cada vez que los recordás. Hablales directamente a ellos nene, que aunque no contesten están siempre siguiéndote y escuchan - dijo mientras me daba la espalda y comenzaba a caminar hacia la puerta.
- ¡Y alguna vez voy a poder volver a este bar! - le grité mientras el ya llegaba a la puerta
Por toda respuesta vi como sus hombros se levantaron en un gesto de “que se yo” y simplemente desapareció al exterior.
Y yo me quedé allí sentado. En aquel bar extraño y todavía preguntándome si aquellos sería sólo un sueño o si habría perdido la razón. Apuré de un trago la cerveza que quedaba en mi vaso y después de dejar la propina bajo el cenicero también me dirigí a la puerta y simplemente salí….

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