Al querido hombre de radio, Sr. Lalo Mir y Cía;
Mi siempre admirado Sr. Lalo y todos los que hacen día a día tan increíble programa, debo informarles que una vez más con su programa lograron algo fantástico. Una vez más, y como todos los viernes me llevaron de viaje por mi feliz infancia. Una vez más la consigna retro me hicieron emocionar en el recuerdo de tiempos pretéritos.
En el día de la fecha tiraron, un poco irresponsablemente debo decir, la consigna de recordar nuestro primer rodado.
Y como todas las mañanas yo me puse a imaginar mientras cocinaba las milanesas para las viandas, que estaba ahí, en ese estudio mítico contando esa parte de mi vida (algo que me pasa a diario eso de imaginarme contándoles mis experiencias).
Pero hoy hubo una diferencia haciéndome recordar esa parte tan importante en la vida de cualquier crío, de cualquier parte del mundo. Hoy me hicieron recordar a mi primera bicicleta, “la langosta poderosa”. Hoy lograron que me emocionara y me decidiera por primera vez en mi vida a escribirles para contarles algo.
Se que la carta llegará tarde, que el programa hace bastante que terminó, y que no es algo que van a contar al aire como las historias de todos los que llamaron hoy. Pero por esas cuestiones de la vida recién ahora puedo sentarme a escribir, uno de los tantos vicios que tengo, y quería contarles la historia de mi poderosa langosta aunque no vaya a salir en el programa. Se los cuento sólo por el gusto de contar y nada más. Además soy medio timidon y ni en pedo hablaría por la radio. Me tildaría y olvidaría la mitad de las cosas.
La poderosa Langosta llegó en algún momento de mi vida que no se precisar. Pero recordar la fecha exacta es lo de menos. Lo importante es que quedó grabado en mi memoria el momento en que mi viejo llegó del trabajo con el Renault 6 gris (mal llamada Renoleta. Porque la renoleta señores era la R4, la que era medio redondeada) que teníamos por esos días. Recuerdo la cara de felicidad que traía a pesar de las largas horas de trabajo, y no podré olvidar nunca la emoción mal contenida de mi vieja que ya sabía de antemano que era lo venía en el baúl.
Verde furioso era. Con asiento banana y con respaldo (los que tuvieron la suerte de tener una las recordaran), frenos traseros contrapedal y manubrio largo y curvado tipo moto chopera. Como sacada de las mismísimas manos de Peter Fonda en Easy Rider era la poderosa.
Y no sólo era mi primer bicicleta. Era sin lugar a dudas la mejor bicicleta del mundo.
Aún cuando por la situación económica reinante (inflación y otros yuyos) la bici fuera usada y no nuevita (siempre fuimos de clase media, donde no sobró nunca nada y donde alguna que otra vez algo supo faltar), era la mejor de todas las bicis que había visto en mi vida.
Compañera incansable de aventuras, fue la primera que vio mis caídas intentando montarla (nunca use rueditas) y la que me acompaño sin chistar a donde a mi se me ocurriera ir cuando, ya más grande, supe dominarla.
Fue la bici que tenía ese respaldo curvo de caño al final del asiento de banana y de donde mi viejo la agarraba para correr detrás mío mientras me enseñaba a andar en la canchita de tierra del campo de deportes. (si alguna vez van a Río Ceballos es la canchita de fútbol que está al lado de las canchas de tenis en el campo de deportes municipal)
Fue la bici que me llevaba al club, a lo de mi abuela, a los de mis amigos o simplemente a recorrer las márgenes del río enfrente de casa. Fue la bici con la que uno de mis amigos jugaba a ser Poncharelo y yo el rubio del que nadie recuerda el nombre. Fue la bici que más de una vez defendí de las burlas del vecinito de enfrente de la casa de mi abuela que tenía una igual, pero 0 Km. y mucho más full que la mía. Ese pibito que era como el Quico de nuestra vecindad. El que tenía todos los juguetes que quería y te lo hacía saber.
Su bici era muy parecida a la mía, sólo que la de él era de un azul inmaculado y de un color perfecto, mientras que la mía era verde, media desteñida y toda rayada.
La de él tenía 3 cambios, la mía un solo piñón que de vez en cuando se le daba por morder la cadena.
El asiento de su bici relucía bajo los rayos de febo fruto de su obsesión de pasarle Blem todos los días. La cuerina del mío en tanto, estaba ajada por los años y por el buen uso.
Los rayos y las llantas de su bici refulgían de cromo. Los de la mía estaban ya bastante oxidados y de color cobrizo.
Pero había algo que mi bici tenía y la de él no. La posibilidad de salir a rodar mundo. Su bicicleta no tenía permiso de traspasar más allá de los confines del portón de la casa. La mía podía llegar a donde mis piernitas la llevaran. Y lo mismo sucedía con cuanto juguete tuviera. Su colección (completa) de muñecos de He-Man todavía hoy, veinte y pico de años después) debe estar en sus empaques originales. Mi muñeco de He-Man era un veterano curtido por la intemperie que término totalmente mutilado por los años de servicio prestado. Su muñeco estaba en perfectas condiciones, pero condenado al ostracismo de la habitación. El mío sabía cual era el verdadero sabor del luchar en la vereda de tierra y en las banquinas, y conocía de sobra la sensación de caer al vacío desde las increíbles alturas del nogal del fondo donde todas las tardes subía a pelear con Skeletor.
Pero nombre el nogal de mi abuela y automáticamente pensé en ramas. Y por las ramas me estoy yendo y no quiero, ese será material para otra historia.
Mi langosta poderosa era una bicicleta con cicatrices. Una fiel servidora con marcas permanentes que indicaban que quien la montaba era feliz y no se le achicaba a nada.
Como ese largísimo rayón que lucía en el costado y que también tenía su historia. Ese rayón que se lo hice cuando nuestra aventura del día fue la de subir la montaña del molle (montaña altísima e inalcanzable para nuestra edad y tamaño). Y que en el regreso cuando venía bajando como cabaret en quiebra (echando putas) no recordé aquella endemoniada curva que se cerraba a 180º y quedé atascado entre espinillos y alambres de púas.
O como aquella abolladura en el guardabarros trasero, fruto de una fallida pirueta en un salto de la pista de bici cross el día que trataba de impresionar a la chica que tanto me gustaba.
Si señores, mi bicicleta al contrario que la de mi vecinito, tenía historia; pero sobre todo tenía magia.
Magia para encarar con un solo piñón esas subidas durísimas de mí Río Ceballos natal. Las mismas que hoy en día con las modernísimas bicicletas con velocidades me parecen pesadas y que en aquellos años las subía sin siquiera transpirar.
Magia como para cargar tres pibes (dos sentados y uno parado en las puntas del eje trasero) y seguir andando sin quejarse.
Magia como par que hoy, veinte y no se cuantos pirulos después, yo la siga recordando por el sólo hecho de escuchar una consigna en la radio.
Tiempo después, cuando ya me quedaba muy chica, esa mágica amiga de dos ruedas pasó a algún otro chico que seguramente la habrá disfrutado tanto como yo. Yo tuve varias más. Lindas bicicletas, buenas bicicletas incluso, pero ninguna como la primera.
Hoy en día, mi hijita de dos años ya tiene su primer triciclo. También es usado, que se le va a hacer, nuestra situación económica tampoco nos permitió comprarle uno nuevo. Aunque siendo tan joven seguramente no lo recuerde en el futuro.
Pero seguramente si recuerde en 20 o 30 años su primera bicicleta. Bicicleta que le llegará más adelante, en unos añitos nomás. Y ojala que para cuando llegue ese momento estemos en condiciones de comprarle una 0 Km. Y si no se puede una nueva le buscaré una usada. Eso si, sea cual sea de las dos, me voy a asegurar de una sola cosa. Que la bici de mi gorda venga cargada de tanta magia como vino la poderosa langosta con su asiento banana y su manubrio de choper que me regalaron mis viejos con tanto esfuerzo.
Mil gracias al equipete de Lalo por hecho por forzar a que estos recuerdos salten en mi cabeza cada tanto. Son responsables de que me surja la nostalgia así que les mando esto como para compartirla un poco con ustedes.
Mil gracias a mis abuelos, el Pirulo y el Vicente, la Nelly y la Kethy (tatita los tenga en la gloria a los cuatro) que pacientemente arreglaban a la bici, o al ciclista, cuando alguno de los dos caímos todos magullados.
Y sobretodo mil gracias a mis viejos que en sus posibilidades de la época, pero sobretodo en su infinita sabiduría y cariño me regalaron hace mucho a la Poderosa Langosta, la mejor bici del mundo.
Atte. Luciano Di Giorgi
(Un cordobés en Bariloche)
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