domingo, 5 de septiembre de 2010

Desde San Clemente con amor

Desde San Clemente con amor
Por Luciano Di Giorgi

Desde San Clemente con amor bien podría referirse al título de una película de Tiburón, Delfín y Mojarrita haciendo una parodia del clásico de James Bond “desde Rusia con amor”, pero en la costa atlántica. Pero no, no se trata de eso.
Podría tratarse tal vez de la hipotética carta que le manda la orca Belén desde Mundo Marino (si señora, la que se hizo famosa tirándolo a Nano hacia el cielo, y que hubiera sido mucho más famosa si se lo zampaba de un bocado) a su hermana gemela en el Sea World de la Florida. Tal y como un león le escribió a otro en el hermoso tema de Chico Novarro. Pero tampoco.
Incluso alguien podría pensar erróneamente que se trata de una simple carta de amor de un pibe que vive en San Clemente (¿como se diría un Clementino?) a su amada en algún otro lugar del mundo. Aunque tampoco sería verdadero.
Desde San Clemente con amor nació hoy cuando de rompe y raje me llegó el recuerdo de las vacaciones familiares de verano en esa ciudad de los pagos del antiguo cacique Tuyu. Pasa que una prima de mi viejo había heredado un depto hermoso en esa localidad balnearia. Viejito el cuchitril, pero bien completo. Ideal para comer, dormir y después pasarse el resto del día afuera.
De esas vacaciones tengo recuerdos espectaculares y otros no tanto. Espectaculares hasta que promedié los 15 años, y no tanto después de eso. El tema es que San Clemente es ideal para dos tipos de turistas, los menores de 15 y los mayores de 35 (menos de 35 pueden pasarla bien también. Siempre y cuando ya estén casados y con hijos). Ahora, si estabas en esa fatídica franja que va de los 15 a los 20 y tantos, la pasabas peor que calzoncillo de ciclista.
No es de malo y bardero que lo digo. Y no, no quiero que el secretario de turismo me mande una carta documento. Pero es la verdad en este caso. San Clemente, por la época en que íbamos nosotros, tenía menos vida nocturna y entretenimientos para adolescentes que el paraje de Ischilín en el norte de Córdoba, que no sólo es un pueblo tipo caserío, sino que es pueblo museo, ¡imagínate lo fiestero que es!
Para peor mi viejo cuando se tomaba vacaciones se las tomaba a pecho. Nada de diez días y guardamos días para semana santa y el invierno. Minga, mi viejo si se iba, se iba por no menos de un mes. Imaginate vos un pibe de 14, casi 15, con las hormonas que parecían un mezclador de pelotitas del bingo del barrio, vacacionando 1 mes entero en San Clemente del Tuyu! Empachos terribles me agarraba de tanto comerme los mocos. Decí que por suerte tenía primos con casa en San Bernardo que tenía una noche que la partía. Así que cada tanto, bondi amigo y dos o tres días de punchi punchi con los primos Coumont. Por eso es que a los 15 años me emancipé totalmente del período vacacional y prefería quedarme en Río Ceballos en casa de mis abuelos (¡mirá que jodón el vago!). Eso si, con copia de las llaves de casa donde, una vez vacía, altas fiestas nos hemos mandado.
Sin embargo, mi etapa vacacional pre adolescente fue espectacular. San Clemente era (a lo mejor lo sigue siendo) una ciudad muy linda para un chico hiperkinetico como lo era este imberbe escritor. Las playas eran las más amplias de toda la costa por lo que nunca te sentías cual sardina enlatada, como pasa en MDQ, Gesell o el mismo San Bernardo. Pasábamos horas enteras jugando al tenis con mi viejo (bah, yo intentaba pegarle y el corría a buscar la pelotita que yo siempre mandaba al congo) o disfrutando los placeres del tejo.
Por las noches, cuando el clima lo permitía, medio mundo en mano nos íbamos al muelle y volvíamos siempre con un balde lleno de cornalitos. Si en cambio la noche se ponía fría nos íbamos a caminar por la peatonal donde ocasionalmente clavábamos una copiosa parrillada y donde siempre terminaba en los jueguitos electrónicos o en alguno de los parques de diversiones itinerantes que hacían temporada allí.
Un poco más grande, con más libertad de movimiento mis viejo se quedaban en algún bar, o en casa jugando a la generala y yo escapaba al cine que quedaba a la vuelta del departamento o mejor aún, a la plaza de artesanos donde en el playón central daban todas las noches su espectáculo “los malabaristas del Apocalipsis”. Tres flacos muy talentoso, aunque medios sicóticos, que asombraban con sus malabares y descostillaban de la risa con el cuantioso repertorio de boludeces que hablaban en cada función.
¡Y Mundo Marino! ¡Me olvidaba de ese parque! Eso merecería un capítulo aparte en la historia de mi vida. ¡Que bueno que estaba ir a Mundo Marino por Dios! Pensar que nosotros lo conocimos cuando recién empezaba y tenía sólo un delfín (que años después casi se muere cuando en un truco se tragó una pelota) dos focas y tres o cuatro gatos disfrazados de nutrias. No me quiero imaginar lo que debe ser ahora porque año a año ese parque crecía y agregaba animales y espectáculos.
O las tardes fieras que prohibían playa y que pasábamos en el parque arbolado que llamaban vivero, montando a caballo y tirando unas carnes a la parrilla.
Con mis viejos íbamos año tras año a San Clemente desde Córdoba en un Renault 6. ¿Pavada de aventura no? Viaje larguísimo que mi viejo se mandaba de un sólo tirón (mi vejiga perfeccionó su elasticidad en esos viajes) y donde nunca faltaba la heladerita con sandwuchones y el termo de 5 lts. lleno de coca que salía de Córdoba bien fría y llegaba a destino pareciendo un caldo de dudosa procedencia. Siempre con alguna canción en la boca del repertorio de María Elena Walsh, Pipo Pescador y otros tantos de la música infantil. Pasa que en esa época el tutú tenía una radio que a duras penas cazaba media sintonía y de pasa cassete ni hablar. Eso vino mucho tiempo después cuando ya viajábamos en el R18 y donde el cassete de León Gieco daba más vueltas que novia tímida.
Mi viejo manejaba y mi vieja inventando juegos increíbles como para que el apache que traían atrás no se aburriera y se pusiera a romper los huevos (mea culpa viejos). Así que con mi madre jugábamos a adivinar el color del próximo auto que viniera en sentido contrario. O el último numero de la patente y la provincia de donde era, ya por aquel entonces las patentes eran todavía con una sola letra que indicaba la provincia (Córdoba era la X) y un choclo de números. O cuantos viajeros llevaba dentro.
Contábamos las vacas en los campos, los postes de electricidad, las nubes en el cielo y hasta los bichos que chocaban en el parabrisas. Contábamos de todo con tal de no contar los kilómetros que faltaban.
Hoy cuanto con unos escasos 30 años (31 el mes que viene), y dejé de ir a San Clemente a los 15. O sea que la mitad de mi vida la pasé vacacionando en esa increíble ciudad y la otra mitad no. Y como me gustaría volver en algún momento para ver como siguió creciendo.
Si alguien lee esto y es de la zona, o va de vacaciones seguido por allá, le ruego me pase noticias. Cuéntenme si las playas siguen siendo tan lindas y los medanos tan mágicos para el juego. Si siguen saliendo tiburones, pejerreyes y cornalitos desde el muelle.
Cuéntenme si la fábrica de churros La Chacha sigue existiendo, y si el cine que estaba en la calle de acceso principal sigue exhibiendo sus películas y vendiendo maní con chocolate.
Mándenme noticias de la peatonal, ¿la siguen cortando a la noche para que la gente camine libremente? ¿Sigue existiendo el polígono de tiro en el centro, donde por dos chirolas te dejaban disparar 5 tiros con el aire comprimido? ¿Podré tirarme por el tobogán acuático que estaba justo al lado de la entrada del balneario Riazor si voy hoy en día? Es más ¿sigue existiendo el Riazor con sus carpas azules?
En fin, si alguien puede pasarme noticias de tan querida ciudad, se agradecerá el gesto.
Espero que en un futuro no muy lejano yo pueda desde Bariloche llevar a mi familia a vacacionar por allí.

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