martes, 21 de septiembre de 2010

Medio agarrado de los pelos esto de la genética

por Luciano Di Giorgi

Yo acarreo desde siempre una maldición que es peor que las maldiciones gitanas, y es la maldita maldición de la genética (valga la rebusnancia). ¿Y que es la genética se preguntará usted? Y como yo no soy científico para explicarla bien le dejo una especie de resumen de lo que y creo que es. La genética doñita es la más ambigua de las ciencias. Si señora, así como lo escucha, ambigua. ¿Y porque ambigua se preguntará usted? Porque la genética puede ser buena onda, o una hija de su buena, y muy profesional señora de la calle, madre. Parece ser que los genes, que son el objeto de estudio de dicha ciencia, son los responsables de que uno salga como salga, para bien o para mal. Son responsables por ejemplo de los colores de uno, ojos, cabello, piel, bandera que llevaremos a la cancha etc. Son los que determinan mal que mal la altura, el peso y el tamaño del cuerpo. Aunque en este último caso suelen pifiarle como es el caso mío. Mis viejos quedaron por debajo de la línea del 1,70, mientras que sus dos pichones superamos el 1,85. Y cuando mi viejo fue a la oficina de reclamos los genes le dijeron “disculpe señor, pasa que fue por un problema de traspapeleo en el sistema. No se haga problema que a los próximos Di Giorgis les damos 15 cm. extra como cortesía de la casa…”.
Pero volviendo a la pavada que nos ocupa, los genes son los responsables de las cosas buenas que heredamos de nuestros antepasados. Pero ojito, porque no sólo de pan vive el hombre, y no sólo cosas buenas le pasaran, porque los mismos cromosomas son también responsables de las herencias no tan deseadas. Y acá es donde yo digo que cargo con una especie de maldición. Porque si bien yo salí alto, rubio y de complexión más o menos atlética, existen una serie de letras chicas en el contrato que se van descubriendo con los años. A mí en la repartija me tocaron por ejemplo:
Los pieses (en plural porque tengo dos pies) cabos de uno de mis abuelos y las piernas flacas del otro.
La piel de mierda de la rama irlandesa que le imprime a mi cuerpo una exclusiva tonalidad blanco-violácea en invierno, y rojo langostino en verano.
El diámetro craneal inusitado de los vascos (nada menos que 60 cm. de circunferencia, lo mismo que la cintura de una modelo) y que encima de gigante debe convivir con las migrañas crónicas que me legó la abuela andaluza. No es joda, un dolor de cabeza mío pueda resultar mortal para una capocha de tamaño regular, o por lo menos mandarlos a terapia intensiva.
Una espalda ancha en los hombros y tirando a angosta en la base (también regalo de los irlandeses) pero sostenida por una columna que asemeja más a la línea de un electrocardiograma que a una línea recta. Sin contar además la encorvadura cada vez más marcada que me dejó mi abuelo siciliano.
Heredé el apetito italiano que nos lleva a comer cualquier cosa, y en grandes cantidades. Eso si, sea cual sea el plato principal, la entrada siempre era un buen plato de pasta. Pero también heredé la acidez estomacal y problemas diversos de gastroenteritis, los cuales no son de llevarse muy bien con las salsas de tomate.
Los dientes y muelas de leche que fueron cayendo uno a uno dejando lugar a los dientes y muelas que deben ser de ricota. Una cagada de dentadura la mía y muy propensa a que en mi boca se realicen multitudinarias raves de caries con punchi-punchi incluido.
Lo de las piernas flacas ya lo mencione y es uno de mis grandes complejos. Pero además súmenle que tengo menos culo que un tubo de ensayo. Algo injusto ya que más de la mitad de mi familia es de glúteos amplios. Y seamos sinceros, a las minas les gustan las colas masculinas o ¿no? Hoy en día esto no me jode porque tuve la suerte de enganchar una buena mina que no se fija en eso (o por lo menos esa mentira me dijo). Pero en mis años de soltero tuve que ver impotente como los futbolistas de gambas y colas musculosas se llevaban las miradas y elogios de las mejores minas dejándonos a los voleybolistas en segundo plano.
Pero todas las cosas más arriba mencionadas son pequeñeces absurdas, insignificantes incluso podría decirse, comparadas con la peor de todas las herencias habidas y por haber. La muy maldita alopecia, la fatal pérdida del cabello. Esa si que es jodida.
La pelada es al hombre, lo que las tetas chiquitas, la celulitis, y/o la gravedad en las carnes es a la mujer. Un verdadero atentado a la vanidad.
En mi caso, y por esto de la genética, comencé a ver con espanto que estaba perdiendo pelo a los 17 años ¡un horror! Asustado recurrí a todo tipo de especialista que me indicaron numerosos y muy variados tratamientos. “tenés que colgarte todos los días cabeza abajo para que circule bien la sangre” me dijo uno, y yo como un boludo andaba cual murciélago albino prendido en el árbol del fondo mirando el mundo al revés. “proba con shampoo de ortiga” y ni .bosta “masajes en el cráneo para incentivar la circulación” me dijo otro y casi me quedo sin dedos de tanto masajearme el bocho pero ni así. “la primera meada de un elefante africano mezclada en el acondicionador” y ahí fue el boludo a buscar orín de paquidermo al zoológico (acá creo que fue culpa mía porque el del zoo de Córdoba no era africano, creo que era un elefante asiático)
Pero eso no es lo peor. Lo peor es descubrir con los años que en realidad el pelo no se pierde, en realidad el pelo se cae. ¿Y a donde va a parar cuando la gravedad actúa sobre él? Eso mismo, a situarse en otro lado. Es como esa ley de la física y la química que dice que nada se pierde, todo se transforma, bueno en este caso el pelo de la cabeza termina por volverse pelo en la espalda, en el pecho, en la nariz y hasta de las orejas! Lo juro por lo que más quiero que yo no tenía pelo en la espalda. Pero de unos años a esta parte me empezaron a salir esos antiestéticos vellos entre los omóplatos. Empezaron a salir muy despacio al principio, como haciéndose los boludos. Un día me levante y mi señora me dijo “mirá cuchi, te salieron dos pelos en el lunar del hombro, te los arranco…” Y de ahí en más siguieron cayendo de la cabeza y forestando la espalda. Y ni hablar del día que me levante, me vi las orejas y me dije “boludo! Parezco un hobbit de orejas peludas!!!”
O sea que hay algo peor que quedarse pelado y es quedarse peludo en donde no se debería uno quedar peludo. ¿Y hay algo peor que quedarse pelado y peludo? ¡Claro que lo hay! Es no aceptar que uno esta entrando en estas dos condiciones. Y aca uno puede caer en tres nefastas categorías, el peinado con trampa, el del quincho, y el operado con implantes. El peinado con trampa es aquel que quiere tapar los espacios abiertos con los pocos pelos que le quedan. Muchachos, eso roza con lo patético, casi tan patético como los que agarran ese gato muerto bajo las ruedas de un mionca y se lo chantan en la pelada. El peluquín señores es el peor enemigo de la imagen personal. ¡Sépanlo, los quinchos no engañan a nadie! Y después están los operados que se sacan pelos del pubis por ejemplo y se lo meten en las entradas, dando como resultado muchas veces el raro caso de pelo lacio en el fondo y crespo en el frente. Y que al igual que los implantes mamarios, se nota que son falsos pero con la gran salvedad que las tetas artificiales a los hombres no nos calientan…perdón no nos importan, calentar si que calientan.
Así que yo opté por no caer en la ridiculez y decidí seguir ese engaño sutil que dice que este verano se va a usar la pelada. A fin de cuentas cuando hago el balance de lo que me ahorro de shampoo, acondicionadores y peluquero ser pelado no esta tan mal.

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